jueves, 13 de enero de 2011

El gran placer de releer un libro

Por: Teresa Peralta
tperaltacheco@gmail.com

Un tema recurrente en conversaciones sobre libros es, la relectura. Si alguien lee un libro que lo marca, es sin dudas seguro, que volverá a leerlo. Quizás como yo, una y otra vez. Por pedazos o capítulos, frases o páginas dispersas. Éste fue uno de los placeres de Borges a lo largo de su larga vida. “Otra vez, otra vez”. Así claman los chicos cuando terminan un cuento que le gusta. Una manera de anunciar esta repetición, que muchas veces hasta los adultos usamos.

A mi humilde modo de entender, una de las formas más sanas de la lectura es la relectura. Sí, lo placentero en el terreno de la lectura se imputa como relectura. Lo comentamos o se pregunta si hay un lugar en especial para la lectura. Por supuesto que no. Uno puede leer sentado en un cómodo sillón o en una silla frente al escritorio o la mesa. Puede leer en la cama o echado en el piso. También en un parque o en el baño, de pie, en una esquina, en la guagua o en un avión y aun en un rincón de las grandes tiendas, ahora llamados “mall”. En otros países son numerosas las personas que leen en el metro. Nos pasa a muchos y a muchas. Compramos libros para leerlos y terminamos hojeándolos. Está muy bien porque no es obligado leerlos. Y si tras hojearlos no nos dicen nada, tal vez lo mejor sea tirarlos o regalarlos.

Hubo una época, yo la recuerdo muy bien, porque era propia de la gente que rodeaba a mi familia en tiempos en que creci., en la que los padres, los tíos y hasta los primitos queridos, le decían a uno: “deja de leer o te vas a quedar ciego”, o: “deja de leer y apaga la luz”. O bien: “Se van a poner locos de tanto leer”. Creo que esto se debía y si persiste se debe, a que el acto de leer no es visto por muchos como juego, sino como un problema.

Un placer añadido de la lectura es la práctica clandestina de ésta. Siempre ha habido y habrá, libros prohibidos.

Fuente: Listín Diario

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